MI MEJOR REGALO
Por doce años tuve la alegría de disfrutar del más bello regalo de cumpleaños que me han hecho: mi perrito Yinye. Es más, él es el mejor regalo que me han dado en la vida.
Llegó un 11 de marzo de 1995, flaco y chico como una laucha, pero para mí era la cosita más linda que había visto: mi Bebé. Y hasta el día de hoy y por siempre seguirá siendo mi cachorrito, el que tantas penas y alegrías me hizo pasar.
Escoger su nombre fue un momento de iluminación llegado desde la t.v. Estábamos viendo una película de chimpancés en cautiverio -que eran usados por las FF.AA. de Estados Unidos para experimentar con ellos-, y el protagonista chimpancé, igual de precioso e inteligente que mi hijito, se llamaba “Ginger”. ¿Yinye? dijimos en mi casa, así que con ese nombre (que ningún otro can tiene) bautizamos al cachorro.
Malulo, cochino, caprichoso, inteligente, consentido y hermoso son los adjetivos que mejor describen la personalidad del niño-joven-adulto Yinye, más o menos desde los
Lo atropellaron dos veces –de la que salió ileso al 100%-, se intoxicó tres veces por comer mariscos descompuestos, sufrió de epilepsia y un tic nervioso, le dio neumonía, tiña… pero de todas esas lo salvamos.
Yinye era muy obstinado, terco como él solo; se las daba de bacán y cuando salíamos a caminar, él nos ladraba porque –como se las daba de encacha’o en “el pasaje”- tenía que dejar en claro que éramos “nosotras quienes lo seguíamos a él” y no al contrario. Todo el camino eran ladridos de “¡¡ya, no me sigan!!”, y marcaba territorio cada 2 cms, cuando apenas le quedaban dos gotas de pipi en la vejiga. Y levantaba una polvadera… ¡Qué tiempos esos!.
Hace seis años que mi bebé entró en la tercera edad canina. Con muchas canas, un olfato menos agudo, una visión más cansada, se convirtió en lo que –en el fondo pero bien en el fondo de mi corazón- siempre quise: un perrito tranquilito que me obedeciera en todo. Bueno, en casi todo. Es que la etapa senil es la más cute de todas. A sus once años era un encanto de perro… pero a pocos días de cumplir doce años, cayó gravemente enfermo.
Un día jueves en la mañana quería salir a estirar las piernas. Yo estaba ocupada y no quería que saliera, pero fui débil y lo dejé. Nunca me voy a perdonar ese error, porque había basura en la calle y el cochinazo (que no le había gustado la nueva comida que mi papá le había comprado) comió porotos en la basura. Eso le provocó una gastroenteritis que le afectó hasta los pulmones, causándole vómito y diarrea al pobrecito. Por su hocico salía el mismo olor que tenían sus fecas… y así cumplió los doce años, el 3 de febrero.
Estuvo 9 días enfermo y agonizó 1. Nunca había sentido tanta pena ni había visto así de cerca a la muerte. Porque ver morir a alguien que es parte de tu vida y que tanto quieres es horrible…
A la 1.20pm del lunes 5 lo llevamos nuevamente a la veterinaria y lo que me dijo fue atroz: lo mejor era parar su sufrimiento con una inyección que lo haría dormir, porque estaba tan grave que seguiría agonizando por unos tres días más, y cada vez sería peor. Salí llorando desconsoladamente con mi bebé semi consciente en mis brazos. Estaba en estado de shock y sólo percibía pequeños estímulos que lo hacían sobresaltarse descontroladamente.
El dolor que yo sentía en mi corazón era tan grande que no puedo describirlo. Mi amigo y compañero que por doce años me hizo tan feliz se me estaba yendo lenta y dolorosamente. Y nada más podía hacer por él. Lo había intentado todo: darle sus remedios religiosamente, alimentarlo y darle agua con jeringa, limpiarlo, acompañarlo... No me quedaba más que detener su sufrimiento, porque la muerte estaba jugando con él y por algún motivo no se lo llevaba y alargaba su agonía. Sabíamos que no había marcha atrás, por lo que no podíamos hacerlo esperar más.
Llegamos a mi casa desde la clínica y llamamos a la ambulancia que llegó con la veterinaria. Yo, como pude, me despedí de él y le dije que lo sentía por no poder salvarlo, que lo había intentado todo pero no pude hacer nada más.
Lo anestesiaron con una mascarilla que lo dejó dormido y luego le pusieron la inyección. Y así, al fin, dejó de sufrir. Murió tranquilo y como un angelito partió al paraíso canino. Me costó creer que estaba muerto y que ya nunca más podría volver a jugar con él, retarlo por ser tan cochino, y derretirme cuando ponía sus ojitos de “miradas tan tiernas”.
Te me fuiste, Yinye, pero quiero que sepas que me hiciste tremendamente feliz en estos 12 años y que estarás en mi corazón hasta el día en que yo me muera. Esto va dedicado para ti, en tu memoria, porque fuiste más que una mascota, fuiste un amigo, un guardián de tomo y lomo, el único machito de la casa además de mi papá. Fuiste, eres y serás mi cachorro, mi guagüita canina… mi mejor regalo.

En el pais de los koalas y canguros, empieza mi nueva vida...
Ivette Oyanedel dijo
Primi, con lágrimas en los ojos acabo de terminar de leer tus sinceras palabras para el Yinye. Tu sabes que adoro a los animales, sobre todo a los perritos y como buena piscis me emociono facilmente. Al leerte sentí la convicción de que aún quedan personas de corazón amplio que aman tanto a los animales y que sufren de verdad su partida. Se que lo que te diré no alivianará tu penita, pero hay que tratar de entender que es el ciclo de la vida y que eso no solo le pasará a nuestras mascotas sino que también a nuestros seres queridos y tenemos que ser lo suficientemente fuertes y creyentes para aceptarlo, se que es difícil, porque ni siquiera se si yo estoy preparada para eso, lo único que tengo claro es que debo hacerlo llegado el momento.
Un besito, agradece que alcanzaste a despedirte de él y te deseo lo mejor en tu viaje, ojalá nos podamos ver el miércoles primita.
Que Dios te bendiga.
9 Febrero 2007 | 01:24 PM